ES PRECISO DAR A MARIA
1.- Nuestro cuerpo con todos sus sentidos
2.- nuestra alma con todas sus potencias
3.- Nuestros bienes exteriores
4.- Nuestros bienes espirituales
"Es preciso dar a maría todo lo que tenemos en el orden de la naturaleza y de la gracia; todo lo que podamos tener en el porvenir tanto en el orden de la naturaleza como en el de la gracia y de la gloria, es decir que nuestra misma felicidad celestial hace por anticipado parte de nuestra consagración".
Esta ofrenda es pues:
a) Ilimitada en la duración: es decir que se extiende a la eternidad porque la muerte que pondrá fin a nuestra vida, no la pondrá a nuestra consagración.
b) Gratuita y desinteresada: es decir el esclavo de amor sabe que será recompensado por no por eso se consagra. Lo haría con el mismo amor si no esperara retribución.
Sentido de la donación de nuestras buenas obras:
Por la consagración de la Santa Esclavitud todo lo damos a María.
a) Los méritos siendo estrictamente personales son por el mismo hecho incomunicables o intransferibles. Luego si damos a maría nuestros méritos, nuestras gracias y virtudes, no es para que Ella los comunique a otros ni para que se los apropie, sino para que nos los conserve aumente y embellezca.
Nuestros actos que ordinariamente están mancillados o viciados por el amor propio u otros defectos en la intención con que los ejecutamos, al ofrecerlos a María quedan purificados y embellecidos.
Ella embellece los méritos del esclavo añadiendo a éstos algunos méritos suyos propios; es decir, Ella aprovecha esta súplica de intercesión que le hacemos para renovar la ofrenda de sus propios méritos y, quedando así reestablecido el orden de la caridad, el valor meritorio produce su efecto. La ofrenda pequeñita del esclavo de amor provoca entonces la ofrenda de María soberanamente agradable a la divina Majestad y por eso dice San Bernardo: "Cuando queráis ofrecer algo a Dios ofrecedlo por las manos agradabilísimas y dignas de María para que siempre seáis bien acogidos".
b) El valor satisfactorio y el imperativo de nuestras buenas obras puede ser aplicado o bien en nuestro favor o también en provecho de los demás.
Los entregamos a María para que los comunique a quien le parezca y para la mayor gloria de Dios. Y como damos a la Santísima Virgen no sólo cuanto ya tenemos sino también cuanto podamos obtener en el porvenir, englobamos aun el valor de los sufragios que se ofrecerán por nosotros después de nuestra muerte. No los podremos aprovechar sino en conformidad con la voluntad de María. Es como quien renuncia a una herencia a favor de otro el cual se encargará de atender a las necesidades de aquel.
ES LA MEJOR MANERA DE CONSAGRARNOS A JESUCRISTO
Esta devoción ofrece el mayor desprendimiento que es posible o sea de aquello que al principio le es más caro: sus méritos y sus satisfacciones. Por eso es la más perfecta de todas las consagraciones.
La consagración de la santa Esclavitud se dirige juntamente a la Santísima Virgen y a Nuestro Señor Jesucristo. La Santísima Virgen es simplemente el medio perfecto elegido por Nuestro Señor para unirse a nosotros y nosotros unirnos a El como a nuestro último fin, nuestro Redentor y nuestro Dios. No es necesario hacer dos actos de ofrendas diferentes. María conduce necesariamente a Jesús a todos aquellos que se entregan plenamente a Ella.
EQUIVALE A LA RENOVACIÓN DE LOS VOTOS O PROMESAS DEL BAUTISMO
Esta devoción puede ser llamada muy bien una perfecta renovación de los votos o promesas del santo Bautismo, porque todo cristiano era antes del bautismo esclavo del demonio, puesto que a él pertenecía; pero en el bautismo ha renunciado, o por sí mismo, o por medio de su padrino y su madrina, solemnemente a Satanás, a sus pompas y sus obras, y ha tomado a Jesucristo por su dueño y soberano Señor para depender de El en calidad de esclavo de amor.
Pues bien, esto es lo que se hace por la presente devoción: renuncia el cristiano (como se dice en la fórmula de consagración) al demonio, al mundo, al pecado y a sí mismo, y se da todo entero a Jesucristo por manos de María. Y aún se hace algo más, toda vez que en el bautismo se habla ordinariamente por boca de otro, es decir, por el padrino y la madrina; no se entrega uno a Jesucristo sino por medio de procurador, pero en esta devoción se hace esa entrega por sí mismo, voluntariamente y con conocimiento de causa. En el santo Bautismo no se da uno a Jesucristo por medio de María, al menos expresamente, ni se hace entrega del valor de las buenas obras, quedando después del bautismo enteramente libre para aplicarlo a quien se quiera o para conservarlo para sí, pero por esta devoción se da uno expresamente a Nuestro Señor por las manos de María y se le entrega el valor de las buenas obras.
Los hombres, dice Santo Tomás, hacen voto en el santo Bautismo de renunciar al demonio y a sus pompas, y este voto, dice San Agustín, es el mayor y más indispensable. Es lo mismo que también dicen los canonistas: El principal voto es el que hacemos en el bautismo. Sin embargo, ¿quién cumple este voto tan importante? ¿Quién observa fielmente las promesas del Santo Bautismo? ¿No hacen traición casi todos los cristianos a la fe prometida a Jesucristo en el bautismo? De qué puede resultar este desarreglo universal, sino del olvido en que se vive de las promesas que se hicieron en él, y de los compromisos contraídos, y de que casi nadie ratifica por sí mismo el contrato de alianza hecho con Dios por medio del padrino y de la madrina?
Tan es esto verdad, que el Concilio de Sens, convocado por orden de Luis el Benigno (Ludovico Pío), para poner remedio a los grandes desórdenes que asolaban el reino de Francia, creyó que la principal causa de esta corrupción de las costumbres provenía del olvido y de la ignorancia en que se vivía de los compromisos del santo Bautismo, y no se encontró mejor medio de remediar tamaño mal, que excitar a los cristianos a renovar las promesas bautismales.
El Catecismo del Concilio de Trento, fiel intérprete de este santo Concilio, exhorta a los párrocos a adoptar esta misma práctica, y a exhortar frecuentemente a los pueblos a que se consagren a Nuestro Señor Jesucristo, como esclavos a su Redentor y Señor. He aquí sus palabras: Se conmina al párroco a ser fiel a aquella práctica para que sepa que es justísimo para nosotros adherirnos y consagrarnos perpetuamente al servicio total de nuestro Señor y Redentor (Cat. Concilio Tridentino, part. 1, c. 3, § 4).
Si, pues, los Concilios, los Padres y la experiencia misma nos muestran que el mejor remedio para los desarreglos de los cristianos es hacerles recordar las obligaciones de su bautismo, y renovar los votos en él hechos, ¿no es razonable que ahora lo hagamos de una manera perfecta, consagrándonos enteramente a Nuestro Señor por su Santísima Madre? Digo de una manera perfecta, porque para consagrarnos a Jesucristo debemos servirnos del más perfecto de todos los medios, que es la Santísima Virgen.
No se puede objetar que esta devoción es nueva o indiferente; no es nueva, toda vez que los Concilios, los Padres y muchos autores, tanto antiguos como modernos, tratan de esta consagración a Nuestro Señor por la renovación de los votos y promesas del santo Bautismo como una cosa de antiguo practicada, y que aconsejan a todos los cristianos; no es indiferente, puesto que la principal fuente de todos los desórdenes, y por consiguiente, de la condenación de los cristianos, procede del olvido y de la indiferencia respecto de esta práctica.
Podría alguno decir que esta devoción nos hace incapaces de socorrer las almas de nuestros parientes, amigos y bienhechores, por cuanto nos hace dar a Nuestro Señor, por manos de la Santísima Virgen, el valor de todas nuestras buenas obras, oraciones, mortificaciones y limosnas. A esto se responde: 1.º Que no es creíble que nuestros parientes, amigos y bienhechores se lastimen de que nosotros nos hayamos sacrificado y consagrado sin interés al servicio de Nuestro Señor y de su Santísima Madre. El suponerlo sería hacer una injuria a la bondad y al poder de Jesús y de María, que bien sabrán asistir a nuestros parientes, amigos y bienhechores, ya de nuestra pequeña renta espiritual, ya de otro modo. 2.º Que esta práctica no impide que se ruegue por los demás fieles vivos o difuntos, por más que la aplicación de nuestras buenas obras dependa de la voluntad de la Santísima Virgen; al contrario, eso nos llevará a rogar con más confianza, del mismo modo que una persona rica que hubiese dado todo su caudal a un gran príncipe, a fin de honrarle más, suplicaría más confiadamente a este príncipe que diese limosna a alguno de sus amigos que se le pidiese. Y aún sería agradar al príncipe el proporcionarle ocasión de atestiguar su reconocimiento hacia una persona que se ha despojado de todo por el mayor brillo de su soberano y que se ha empobrecido por honrarle. Debe decirse lo mismo de Nuestro Señor y de la Santísima Virgen: jamás se dejarán vencer de nadie, ni en reconocimiento, ni en generosidad.
Aún se objetará también que si doy a la Santísima Virgen todo el valor de mis acciones para aplicarlo a quien Ella quiera, será menester acaso que yo sufra por mucho tiempo en el Purgatorio. Esta objeción, que procede del amor propio y de la ignorancia de la liberalidad de Dios y de su Santísima Madre, se destruye por sí misma; un alma ferviente y generosa que toma con más empeño los intereses de Dios que los suyos propios, que da a Dios todo lo que tiene, sin reserva, hasta donde puede, que no aspira más que al reino de Jesucristo por su Santísima Madre, y que por obtenerlo se sacrifica enteramente y en todo, esta alma generosa, repito, ¿será castigada en el otro mundo por haber sido más liberal y más desinteresada que las demás? Al contrario: precisamente para con esta alma, serán Nuestro Señor y la Virgen Santísima liberalísimos en este mundo y en el otro, en el orden de la naturaleza, de la gracia y de la gloria.