"Es preciso dar a maría todo lo que tenemos en el orden de la naturaleza y de la gracia; todo lo que podamos tener en el porvenir tanto en el orden de la naturaleza como en el de la gracia y de la gloria, es decir que nuestra misma felicidad celestial hace por anticipado parte de nuestra consagración".
Esta ofrenda es pues:
a) Ilimitada en la duración: es decir que se extiende a la eternidad porque la muerte que pondrá fin a nuestra vida, no la pondrá a nuestra consagración.
b) Gratuita y desinteresada: es decir el esclavo de amor sabe que será recompensado por no por eso se consagra. Lo haría con el mismo amor si no esperara retribución.
ES LA MEJOR MANERA DE CONSAGRARNOS A JESUCRISTO
Esta devoción ofrece el mayor desprendimiento que es posible o sea de aquello que al principio le es más caro: sus méritos y sus satisfacciones.
Por eso es la más perfecta de todas las consagraciones.
La consagración de la santa Esclavitud se dirige juntamente a la Santísima Virgen y a Nuestro Señor Jesucristo.
La Santísima Virgen es simplemente el medio perfecto elegido por Nuestro Señor para unirse a nosotros y nosotros unirnos a El como a nuestro último fin, nuestro Redentor y nuestro Dios.
No es necesario hacer dos actos de ofrendas diferentes. María conduce necesariamente a Jesús a todos aquellos que se entregan plenamente a Ella.
EQUIVALE A LA RENOVACIÓN DE LOS VOTOS O PROMESAS DEL BAUTISMO
Esta devoción puede ser llamada muy bien una perfecta renovación de los votos o promesas del santo Bautismo, porque todo cristiano era antes del bautismo esclavo del demonio, puesto que a él pertenecía; pero en el bautismo ha renunciado, o por sí mismo, o por medio de su padrino y su madrina, solemnemente a Satanás, a sus pompas y sus obras, y ha tomado a Jesucristo por su dueño y soberano Señor para depender de El en calidad de esclavo de amor.
Pues bien, esto es lo que se hace por la presente devoción: renuncia el cristiano (como se dice en la fórmula de consagración) al demonio, al mundo, al pecado y a sí mismo, y se da todo entero a Jesucristo por manos de María.
Y aún se hace algo más, toda vez que en el bautismo se habla ordinariamente por boca de otro, es decir, por el padrino y la madrina; no se entrega uno a Jesucristo sino por medio de procurador, pero en esta devoción se hace esa entrega por sí mismo, voluntariamente y con conocimiento de causa. En el santo Bautismo no se da uno a Jesucristo por medio de María, al menos expresamente, ni se hace entrega del valor de las buenas obras, quedando después del bautismo enteramente libre para aplicarlo a quien se quiera o para conservarlo para sí, pero por esta devoción se da uno expresamente a Nuestro Señor por las manos de María y se le entrega el valor de las buenas obras.
Los hombres, dice Santo Tomás, hacen voto en el santo Bautismo de renunciar al demonio y a sus pompas, y este voto, dice San Agustín, es el mayor y más indispensable. Es lo mismo que también dicen los canonistas: El principal voto es el que hacemos en el bautismo. Sin embargo, ¿quién cumple este voto tan importante? ¿Quién observa fielmente las promesas del Santo Bautismo? ¿No hacen traición casi todos los cristianos a la fe prometida a Jesucristo en el bautismo? De qué puede resultar este desarreglo universal, sino del olvido en que se vive de las promesas que se hicieron en él, y de los compromisos contraídos, y de que casi nadie ratifica por sí mismo el contrato de alianza hecho con Dios por medio del padrino y de la madrina?
Si, pues, los Concilios, los Padres y la experiencia misma nos muestran que el mejor remedio para los desarreglos de los cristianos es hacerles recordar las obligaciones de su bautismo, y renovar los votos en él hechos, ¿no es razonable que ahora lo hagamos de una manera perfecta, consagrándonos enteramente a Nuestro Señor por su Santísima Madre? Digo de una manera perfecta, porque para consagrarnos a Jesucristo debemos servirnos del más perfecto de todos los medios, que es la Santísima Virgen.
No se puede objetar que esta devoción es nueva o indiferente; no es nueva, toda vez que los Concilios, los Padres y muchos autores, tanto antiguos como modernos, tratan de esta consagración a Nuestro Señor por la renovación de los votos y promesas del santo Bautismo como una cosa de antiguo practicada, y que aconsejan a todos los cristianos; no es indiferente, puesto que la principal fuente de todos los desórdenes, y por consiguiente, de la condenación de los cristianos, procede del olvido y de la indiferencia respecto de esta práctica.