Entre todas las prácticas devocionales de índole mariana, destaca por su carácter totalizador la consagración individual a la Santísima Virgen, que el eximio mariólogo José Antonio de Aldama definía así:
"Es un acto de donación personal, libre, universal y perpetua que se hace directamente a María en reconocimiento de los derechos que Ella tiene sobre nosotros y como expresión de nuestra veneración y amor hacia Ella".
Existen diversas fórmulas muy bellas, de hondo contenido, de consagración mariana. Nos fijamos en una muy popularizada ofrecida por san Luis María Grignion de Montfort y resumida en cuatro proposiciones: con María, en María, por María y para María.
Veamos su preciso y exigente significado, previa una aclaración.
CÓMO VIVIR LA CONSAGRACIÓN A MARIA
Sólo existe en verdad una consagración que es la bautismal por la cual quedamos íntegramente dedicados y consagrados a la Santísima Trinidad, como templos vivos del Espíritu Santo. Por la gracia santificante que se nos infunde quedamos "divinizados" al hacernos participes de la naturaleza divina (2 Pe 1, 4).
La consagración mariana siempre hace referencia obligada a la que efectuó de forma definitiva el Sacramento del bautismo. Tiene por tanto un valor analógico aunque no menos real, porque la Virgen, con su poderosa intercesión, nos ayuda a poner en marcha nuestro organismo sobrenatural integrado por la gracia, las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo.
La consagración mariana lejos de interferirse en el proceso de nuestra santificación cristiana como elemento extraño, lo facilita, lo encauza y lo consuma. Toda consagración mariana es por sí misma cristocéntrica y trinitaria. En sus importantes escritos marianos san Luis María resume admirablemente el núcleo de la consagración a la Virgen que "consiste en darse por entero como esclavo a María, y a Jesús por Ella, haciendo todas las cosas con María, en María, por María y para María". He aquí las cuatro famosas preposiciones de la magistral fórmula montfortiana. Saboreemos su confortador contenido.
"Con María". Practicar las virtudes a ejemplo suyo, es decir, tomar a la Virgen por modelo acabado de todo lo que se ha de hacer. Se trata de acudir a nuestros deberes cotidianos como lo haría Ella.
"En María". Permanecer unidos a sus sentimientos para vivir su íntima vida afectiva. Acostumbrarse al recogimiento interior para formar un pequeño esbozo o retrato espiritual de la Virgen. Ella será nuestro oratorio, lámpara encendida y cámara sagrada. San Ambrosio lo diría así: "Que el alma de María esté en cada uno de nosotros para glorificar al Señor".
"Por María": Obrar a impulsos de la gracia que la Virgen nos obtiene con su intercesión, valiéndonos de su eficaz mediación. Sin Ella, como sin Jesús, nada podemos en el orden de la gracia.
"Para María": es decir, honrarla sirviéndole y agradándole en todo. Obrar para difundir su culto y glorificarla como fin próximo, a fin de tributar la mayor gloria posible a Dios como fin último y supremo.
PROGRAMA ESPIRITUAL COMPLETO
Comprendemos fácilmente que esta breve fórmula de consagración mariana constituye de suyo un verdadero y completo programa de vida cristiana ya que -insistimos en ello- el objetivo final de la auténtica devoción a la Virgen es siempre Jesucristo a quien nos dirigimos a través de su bendita Madre, aunque se pueden sintetizar en uno solo: realizar a imitación suya, y del mejor modo posible, nuestra vocación cristiana.
Ofrecemos sin reserva a los Sagrados Corazones de Jesús y de María nuestros pensamientos, palabras y acciones y sufrimientos y todos los momentos de nuestra vida. La consagración mariana es integradora, unitiva y cristificante si se vive con genuino espíritu evangélico.
(AUTOR: Andrés Molina Prieto)